Tu mundo es mi sueño

La situación se había hecho insostenible, incontrolable, sin ser capaz de hallar una posible solución para poder salir airosa de esta nueva aventura que la vida tenía a bien regalarle.

Siempre había sido una chica de personalidad débil, asustadiza y esquiva. No lamentaba el hecho de vivir apartada de la sociedad. A cualquier chica de su edad, la podías encontrar paseando, rodeada de amigos, con alguna que otra pareja a su lado, riendo y viviendo lo que la edad de la pubertad te animaba a experimentar. Sin embargo, Lucía nunca se había sentido atraída por estas circunstancias que todos consideraban como normales de su edad.

En el colegio, sus resultados académicos estaban al nivel de sus expectativas personales, sin resaltar ni por estudiosas ni por lo contrario, siempre en una especie de lugar donde su ego se sentía cómodo. En el aula se sentaba sola para no verse forzada a empezar o seguir conversaciones absurdas. En el patio, encontraba ese hueco donde adivinaba que no iba a ser asaltada por el resto de individuos que rozaban la estupidez con sus gritos, risotadas y aspavientos sin sentido.

Llegaba el final de curso y con él, la graduación de 4º de Secundaria. No voy a ir, no me apetece compartir momentos inútiles que no me aportarán nada nuevo.  ¿Por qué eran los demás tan distintos a ella? Siempre le habían hecho sentir como la rara del cuento, como la que se apartaba de los demás por su carácter, pero ahora comprendía que no había sido ella la que se había apartado, sino que los demás habían huido de su lado por miedo a no entender su vida, por miedo a darse cuenta de que sus vidas eran insulsas al lado del mundo de Lucía.

Ella aprovechaba los momentos de relaciones sociales de los demás para devorar sus libros favoritos; aquellos que contaban aventuras, que se basaban en grandes hazañas, aquellos que la hacían viajar hacia otros mundos, que describían personajes fantásticos, héroes y que la hacían vivir esas historias, ser una de ellos, convertirse en esa heroína capaz de vencer sus miedos y derrotar al maligno que atentaba contra su reino.

Como tantos fines de semana, Lucía, sentada en su cama, con una almohada apoyada sobre su espalda y un cojín bajo sus pies, viajaba hacia esos mundos de la mano de un nuevo libro. Su habitación estaba decorada con multitud de carteles hechos por ella misma, en los que se podían leer frases alusivas a las aventuras que había vivido en sus libros. Dibujos que ella misma diseñaba de hadas, duendes, héroes y seres maravillosos que reflejaban la bondad, la valentía, la lucha por la verdad y sobre todo, la independencia para poder desprenderse de lo que lo ataba a un lugar y viajar hacia donde las aventuras los llamaban.

Esta tarde, mientras leía su libro, una frase que leyó la hizo detenerse en su lectura. Reconocía esa frase. Levantó la mirada del libro y buscó por las paredes de su habitación dónde había colocado estas palabras que le había llamado la atención. Paseaba su mirada por cada uno de los carteles y dibujos de sus paredes. Sabía que estaba en algún lugar. De repente, detuvo su mirada en un dibujo que representaba a una especie de hada. De pelo rubio, ojos azules y una pequeñas alas blancas. Estaba dibujada de espaldas, pero su cabeza ligeramente vuelta hacia su izquierda, dejaba ver el precioso color de sus ojos y una tímida sonrisa de autosuficiencia, control, paz y seguridad en sí misma. Era uno de sus dibujos favoritos, y ahora que se detenía en él, le encontraba cierto parecido a alguien, pero no era capaz de ponerle nombre.

Sabía que en su interior estaba el deseo de parecerse a esa hada, pero se negaba a reconocerlo, a admitir su derrota frente al mundo que le rodeaba. Este personaje es puro, honesto, fuerte, valiente pero sobre todo libre, libre para volar con sus pequeñas alas y recorrer el mundo en busca de aventuras. Junto a este dibujo, se encontraba la frase que había estado buscando: “Corre, vuela y surca el cielo en busca de tu corazón”. Se repetía una y otra vez esta frase. Cerró los ojos y apoyó el libro sobre sus piernas. Corre, vuela y surca el cielo en busca de tu corazón. ¿Por qué no? ¿Por qué no voy a poder volar alto en busca de lo que mi corazón siempre ha necesitado? ¿Por qué voy a permitir que mi corazón se quede incompleto, vacío y añorando su plenitud?

En estos pensamientos estaba, cuando un fuerte golpe en su habitación la sobresaltó. Se asustó tanto, que dio un salto en su cama, dejando caer el libro al suelo. Su corazón latía con fuerza y no se atrevía a abrir los ojos. No sabía lo que podía haber producido un sonido tan fuerte. Armada de valor, cogió el cojín que estaba bajo sus pies y se lo puso delante de su cara, tapando sus ojos, aún cerrados. No podía oír nada, un absoluto silencio había seguido al misterioso golpe previo. Poco a poco se fue apartando el cojín de su cara. Fue moviéndolo hacia arriba, como si quisiera mirar por debajo de él. ¿Qué estaba pasando? Ya no tenía su pijama puesto, sino una especie de pantalones cubrían sus piernas, y unas botas hechas de cuero, se ajustaban a sus pies. ¿Y su cama? Había desparecido.

Miró todo lo que estaba a su alrededor, sin quitar del todo el cojín de sus ojos, y estaba sentada en el suelo, sólo veía raíces de árboles y un manto de hiervas que lo cubría todo. La almohada que estaba en su espalda se había vuelto dura y rugosa. Con su mano izquierda tocó sobre lo que estaba apoyada y se dio cuenta que era el tronco de un árbol. Estaba desconcertada, asustada y confusa. Apartó un poco más el cojín de sus ojos, pero éste pesaba demasiado. Cuando lo hubo apartado lo suficiente, pudo ver que era una especie de escudo, su mano lo asía por unas correas con las que podía sujetarlo con firmeza.

No entendía nada de lo que estaba pasando. Sólo recordaba que estaba leyendo su nuevo libro y que había encontrado la frase que estuvo buscando. A partir de ahí, no sabía ni cómo ni por qué se encontraba en esta situación. De repente, unas manos la cogieron por los brazos y le ayudaron a levantarse. Cuando se puso en pie, pudo ver todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Incrédula, fue dejando que su mente fuese asimilando todo lo que estaba presenciando.

Se encontraba en un bosque. Podía ver que muchos de los árboles había sido cortados de cuajo, pero no sabía el por qué. Todo estaba rodeado por una espesa bruma de humo que no dejaba ver mucho más allá de donde se encontraba. Algunos pasos más allá, se podía ver el cuerpo sin vida de una especia de bestia, o de animal enorme. Parecía como si hubiese sido atacado por algo o alguien. Desplazó su mirada hacia alrededor y pudo ver como un grupo de seres alados la miraban fijamente, como esperando algo, con miradas de angustia y preocupación. Junto a ella dos de estos seres la habían ayudado a levantarse. Lucía pudo dar unos pasos hacia delante y en ese momento observó como todos estos seres, que hasta este momento había estado sin decir palabra, explotaron en un grito de alegría hacia ella. Todos movían sus alas y se elevaron levemente sobre el suelo. La miraban, con admiración y orgullo. En el aire, todos inclinaron sus cabezas expresando respeto hacia Lucía.

En este momento, Lucía se elevó también sobre el suelo, batiendo sus alas con suavidad. Una vez en el aire elevó su mano derecha, portadora de una preciosa espada con piedras preciosas incrustadas en su empuñadura y de un reluciente metal que formaba la hoja. Todos rompieron en gritos de alegría y admiración hacia su libertadora, hacía su líder, hacia ella, que había conseguido dirigirlos hacia la victoria, derrotando a la bestia, que durante años, les había estado subyugando, esclavizando y hundiéndolos en la miseria de unos destinos que no estaban escritos para ellos.

Lucía emprendió el vuelo hacia el Norte, seguida de cerca por los que parecían su ejército, su compañía, sus aliados. Al poco tiempo llegaron a un grandioso castillo que coronaba bajo sus faldas a un precioso pueblo, donde los habitantes gritaban aclamándola, admirándola. Todos estaban allí por ella. Cuando llegó al castillo, se dirigió hacia sus aposentos con el orgullo de haber salvado una vez más a su pueblo. Estaba cansada, agotada. Necesitaba relajarse, pensar en todo lo acontecido. Entró en su cámara y se despojó de sus pertrechos de la batalla. Se acercó al espejo y cepilló su larga melena. Era una joven preciosa, de pelo rubio y ojos tan azules como el color del cielo o el del inmenso mar.

Se dirigió a su lecho, cogió un libro, colocó la almohada como solía hacerlo para apoyar su espalda sobre ella, y el cojín bajo sus pies. Mientras leía, se quedó dormida, fruto del tremendo esfuerzo que había realizado. Su mente volvió a viajar hacia ese sueño que tantas y tantas veces había vivido mientras dormía y en el que se veía a sí misma como una persona temerosa y asustadiza.

Cuando despertó seguía pensando en la protagonista de su sueño. No entendía el significado de verse tan distinta, tan vulnerable, y además en un lugar tan distinto al suyo. Pero, por alguna razón, se veía identificada con ella.

Siglos más tarde, Lucía, descendiente de esta valerosa guerrera, volvía como cada noche, a leer el libro que le contaba las hazañas de su antepasada.

¡Cuánto daría por ser como ella!

©Javier Gómez2019

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