Soy Profesor

…Enchufados, no profesionales, sin vocación, sin preparación y sin reciclar…

Llevo años oyendo este tipo de acusaciones hacia el profesorado de la enseñanza concertada. Llevo años viendo como compañeros totalmente dedicados a su profesión tienen que esconder su trabajo o sentir vergüenza al decir que es profesor o maestro “pero” de un centro concertado. Ya está bien porque la sociedad ha sido envenenada durante demasiado tiempo con estas hirientes descalificaciones.

Y no, no voy a defender mi trabajo, atacando a los compañeros de la pública, sí compañeros, porque considero que somos profesionales dedicados a una misma tarea, independientemente del lugar donde trabajemos; una tarea que es la base de la sociedad, una tarea sobre la que se apoya cualquier otra de nuestra vidas, una tarea, en definitiva, creadora de un futuro en el que todos queremos ser partícipes, integrantes y sobre todo orgullosos de los resultados.

¿Por qué tiene que existir esta rivalidad? No entiendo el sentimiento de enfrentamiento que algunos compañeros sienten hacia otros que dedican su vida, con el mismo esfuerzo, a modelar las mentes de los futuros fontaneros, profesores, camareros, políticos y un largo etcétera de profesiones que cumplen la misión de darle continuidad a la sociedad en la que vivimos.

Llevo más de veinte años de dedicación a esta profesión y creo que puedo contar algo sobre la misma. Sé que no pasé un examen impuesto por el estado para acceder a una plaza de la enseñanza pública, pero por ello, no me siento en inferioridad de condiciones. Trabajar en la concertada me ha regalado el aprender que un trabajo puede ser un estilo de vida, que una profesión se puede convertir en una tarea ilusionante. Me ha demostrado cómo el trabajo puede ser algo que cambie tu vida y olvides el egoísmo, el egocentrismo y el creerse el centro de un universo del que todos formamos parte.

Entiendo el esfuerzo de los compañeros de la pública por haber tenido que superar unas pruebas entre miles de participantes, por haber tenido que vivir lejos de sus hogares mientras que pasaban largos años en las interinidades.

Lo que pretendo es que también entiendan el esfuerzo del resto del profesorado que pertenece a los centros concertados. La tarea de un maestro o un profesor no debe terminar cuando acaba la jornada lectiva, no puede ceñirse a las seis horas que intentamos transmitir  nuestros conocimientos. No veo lícito para nuestros alumnos que los consideremos como meros números en unas listas de clase y simples elementos que se usan para crear estadísticas a favor de ciertos intereses.

Nuestra dedicación va más allá de enseñar una asignatura para la que nos hemos preparado durante años. No aprendes nada de la enseñanza hasta que no bajas a la arena y te enfrentas al reto diario de unas mentes increíbles en proceso de maduración.

Estamos creando seres capaces de dirigir el futuro, estamos modelando arcilla que tendrá su vida propia con el paso de los años, construimos edificios que deben soportar las tremendas inclemencias que la vida les deparará. Y no estamos creando seres inertes, carentes de vida y de sentimientos. Todos nuestros alumnos van a salir a una misma sociedad. Y es por ello que debemos preocuparnos únicamente en darles las herramientas necesarias para que puedan convertir la vida en algo que nosotros no hemos conseguido. Un lugar de paz, de amistad, de valores solidarios y sobre todo un lugar donde la competitividad no sea algo que menosprecie la calidad del ser humano.

Las horas lectivas no están reñidas con las horas extras que puedes dedicar a estos infantes deseosos de conocimientos. Soy profesor de inglés y me sentiría decepcionado de un futuro donde cada persona dominara varios idiomas y fueran incapaces de comunicarse.

La dedicación, el cariño, el esmero en hacer bien nuestra tarea, la profesionalidad, la coherencia como seres humanos, la vitalidad, el respeto, la humanidad no emanan de la enseñanza pública, privada o concertada. Al contrario, nace en nuestros corazones de personas y es transmitida por un profundo amor al prójimo. No, al prójimo, como un ser hermanado a nosotros, sino a las personas con nombres y apellidos que conviven con nosotros en esta sociedad carente de buenos deseos.

Esta sociedad que hemos creado no necesita enfrentamientos inútiles entre los que nos dedicamos a cultivar las mentes, las personas, los corazones y las vidas de los que están en proceso de formación, no sólo académica, sino humana.

Esta sociedad espera que seamos una única voz que grite palabras de ánimo, de apoyo, de lealtad.

Basta ya de estereotipos y de insulsos ideales políticos que ensucian y contaminan los derechos fundamentales de cada uno de nosotros.

Enseñemos en libertad, con pasión, con ilusión pero sobre todo enseñemos siendo todos una única voluntad y un único deseo, el creernos que la educación no es la arena del circo donde nuestros políticos sueltan a las fieras y corean a las masas para que apoyen una sangrienta escena de menosprecio a la vida y a la ilusión.

Seamos todos uno y centrémonos en lo que verdaderamente interesa, a saber, que nuestros alumnos aprendan a ser personas libres y comprometidas con la vida.


©Javier Gómez2019

EDUCADOR

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