Sabiduría

Rondaba la mitad del siglo en su experiencia de vida. De tez serena, seria y con ciertas marcas provocadas por el paso del tiempo sobre su persona. Pelo oscuro ya encanecido por los avatares del crono sobre su vida. Pensativo, con mirada perdida y con ilusiones aún por cumplir. Pero ahora, esas ilusiones que antaño se encaminaban a satisfacer los deseos de los demás, ahora se limitaban a complacer a los suyos propios. Aún recordaba cuando tiempo atrás, cada noche, al acostarse, dejaba volar a su mente hacia esas carencias materiales que parecían empobrecer su día a día.

Cada noche su aliento se paraba pensando en lo que podía ser y no era, en lo que desearía convertirse y jamás conseguiría, en definitiva en lo que envidaba en las vidas plenas, según su propia idea de este término, y que nunca llegaría a alcanzar por miedo al cambio, al abandono de su zona de comodidad y al qué dirán si doy este paso o el de más allá.

Ahora, reviviendo esos momentos de libertad que se permitía cada noche, sonríe al ver cómo todos esos anhelos de sueños ilusorios jamás le hubieran proporcionado la paz, la tranquilidad y el sosiego del que ahora era su orgulloso poseedor. Se asombraba cómo podía haber cambiado tanto, pasando de ser un desinteresado vocacional a un egoísta idólatra. Cómo se podía cambiar tanto en tan poco tiempo, cómo se podía uno reír ahora de aquello que una vez fue tu insignia de vida.

La vida, esa amalgama de situaciones, vivencias y momentos recordados los muchos y olvidados los menos. Qué es esa idea sustancial a la que llamamos vida, se preguntaba desde la lejanía de su juventud. No es algo palpable, pero tampoco es algo volátil. Es difícil dar una definición perfecta para el paso de los años en nuestro caminar sobre la frágil línea que nos separa del final obligado de todo ser vivo.

Pero ahora, sí que tengo una definición. Pero no para la vida, sino para mi vida. Ahora sí sé lo que estuve buscando tantos años en mi juventud. En este momento sí puedo decir que alcancé ese punto alto e inaccesible al que llamamos madurez.

La vida no es sólo el paso de los segundos, minutos, horas, meses o años. La vida no es sólo salir al encuentro de una quimera soñada. La vida, en pocas palabras, no consiste en conseguir lo que deseamos que los demás aprueben de nosotros mismos. Ahora veía todo lo iluso que había llegado a ser, toda la ingenuidad que había acumulado en el momento álgido de su edad pasada. No, se decía así mismo, moviendo la cabeza lentamente hacia los lados y con un amago de sonrisa en su rostro.

Pobre idiota, cuánto luché, trabajé y me esforcé en crear una imagen social correcta, en proyectar una película de lo que sabía que iba a agradar a todos aquellos actores que participaban en la serie de mi vida.

La vida es, y ahora estaba seguro de ello, lo que nosotros llevamos en nuestro interior. No es nuestra imagen externa, sino todo lo contrario, es ese otro yo introspectivo, oculto y receloso de vacíos halagos y de inútiles consideraciones de los demás. La vida la haces tú. Tú creas tu vida y tú decides cómo vivirla. Mi vida no ha sido ese cuadro pintando día a día con mi trabajo, mis relaciones con los demás y mis aspavientos sociales. Ese no soy yo, esa no es mi vida. Sino la que otros han querido que yo viviera, la que era aceptada por el resto de imágenes proyectadas por los demás en mis mismas circunstancias. Ahora sé que mi vida fue ese beso tierno a mis hijos, ahora comprendo que mi vida sí era real cuando ayudé a otro a seguir un camino sin importarme su recompensa.

Ahora he llegado a la conclusión que mi realidad verdadera era cuando dije un te quiero y no cuando abrazaba a alguien en mitad de una calle llena de ojos predispuestos al escrutinio y a la voluntad común de parecer normales. Mi vida era cuando fui a una iglesia donde no había nadie, sin aves de rapiña acechando mi comportamiento religioso. Mi vida era cuando me sentaba a escuchar música o paseaba sin preocuparme de lo que sucedía a mi alrededor. Mi vida era cuando enseñaba a mis alumnos sin mirar el reloj y el final de una promoción era el principio de una amistad. Ahora sé que mi vida era lo que mi mente usaba para desconectarse de los alaridos emitidos por las otras fieras sociales, igualmente reprimidas como yo mismo. Sé que era yo viviendo mi vida cuando lloré amargamente una despedida anunciada, o cuando mirando a los ojos de otra persona supe que el tiempo se había parado.

Ahora esa vida real, esos recuerdos de mi propia existencia son los que hacen que haya merecido la pena esconder mi verdadero yo a esos competidores deseosos de carroña humana que ansiaban su éxito por encima de la felicidad ajena.

La vida en sí misma es la que cada uno de nosotros no vive, sino que esconde por miedo a vivirla…

©Javier Gómez2019

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