Pasos de libertad

De repente, un movimiento inconsciente provocado por una nueva pesadilla, lo sacó de su esporádico sueño. Abrió los ojos, se incorporó y puso los pies en el suelo. Su mirada, perdida en algún lugar de las mugrientas losas, su mente, en algún recoveco de su penosa memoria y su cuerpo, maltrecho y dolorido, desvanecido por el paso de los segundos.

Por una pequeña oquedad en la pared, al lado de un calendario de hace años, recibía la información sobre la hora aproximada del día o de la noche. Sin ventana, el aire enrarecido le envenenaba los sentidos. Una mezcla pestilente de orín, heces y humedad era su único contacto con la realidad que le rodeaba.

Cuatro paredes desprovistas de cualquier adorno. Una puerta cerrada, un camastro desvencijado, un hueco en el suelo que hacía las veces de retrete y una tenue luz amarillenta que sólo dejaba vislumbrar el sollozo de la soledad y el silencio.

Silencio. El silencio era su único compañero, su único enemigo, el único que le permitía hablar con su conciencia y el peor compañero de sus largas horas de tediosa desesperación.

Siete años…..siete largos años, con sus meses, semanas, días, horas y segundos. Siete años de amargura y desesperación. Siete años en los que su cuerpo y su mente se habían ido hundiendo en la más infinita amargura que un ser humano pueda soportar.

……condenado a la pena capital……Esta frase ya se había convertido en el eco de sus pesadillas. El jurado no lo dudó. Ninguno de sus miembros estuvo en contra. Todos y cada uno de ellos habían encontrado todas las pruebas suficientes para ejecutarlo con la mano inocente de la justicia. Siete años, 8 meses, 6 días y 15 horas llevaba esperando el desenlace final de su condena.

Al principio deseaba que se abriera la puerta y alguien le dijera que estaba libre, que habían encontrado pruebas de que era inocente. Con el paso de los días, lo único que deseaba era salir de allí y recorrer el largo pasillo hacia su final.

Cómo sería ese final, se preguntaba, Se imaginaba una sala fría, con varias personas a su alrededor y una camilla en el centro. Cables que introducirían en sus venas el alimento de la muerte. Todo sería rápido, un único suspiro y el silencio liberador de su pena le inundaría. Ya todo habrá acabado, todo concluiría, su sufrimiento, su soledad, sus pesadillas, su locura…todo acabaría en un instante. Pedía que ese momento llegara…

No hay mayor castigo que la espera, la ignorancia de no saber en qué momento alguien entraría y lo conduciría hacia la libertad.

En su mente, no era capaz de adivinar si era verdaderamente culpable o no. Había sido todo un cúmulo de desafortunadas coincidencias. Una pelea, un bar, un empujón a un desconocido que acaba golpeándose la cabeza….sangre…qué he hecho, qué hice, qué voy a hacer ahora….

Lo encarcelan y lo acusan de asesinato….a partir de ahí…sus recuerdos se pierden, su mente se desvanece y la locura de la impotencia se apodera de sus sentidos.

Ahora, desde su nuevo hogar, desde este lugar donde el silencio te corroe la inteligencia, donde tu única libertad es poder usar tu mente, donde tu peor enemigo eres tú mismo, llora sin lágrimas la lejanía del exterior. Sabe que su único camino hacia la libertad, será recorriendo el pasillo, el corredor de la muerte como lo llaman.

Ilusos…que equivocados los que le asignaron ese calificativo. Es el corredor de la libertad, la autopista hacia su comienzo, el sendero hacia su futura eternidad.

Una llave se desliza por la cerradura de la puerta, una cara desconocida con semblante serio le anima a levantarse. Por fin voy a salir, por fin libre. Camino de la sala del patíbulo, sereno, tranquilo y sonriente acomete su liberación.

Cierra sus ojos y emprende su vuelo. Un segundo antes del final, emite un leve sonido y una sola palabra…..Perdón