El regalo

Una conocida melodía resonaba en su mente. Era la hora, pensaba. Como cada mañana, su móvil le sacaba de los poderosos brazos de Morfeo. Las 7 menos cuarto. Tenía que salir de su solitario lecho y comenzar la jornada.

Era un hombre de costumbres. Tras su habitual rutina, recordó que era su cumpleaños. No le gustaban esos días, pero esta mañana de otoño se sentía distinto, animado, como renovado. ¡Hoy va a ser distinto!, presentía. Cada mañana iba a su trabajo en coche, pero al salir al jardín notó esa brisa lenta, suave, fresca. Y pensó que ese día se daría un capricho. “Hoy voy a ir en moto”.

Le encantaba su moto de gran cilindrada. Era un motero de los de antaño, de los de saludar en V, de los de no dejar escapar una ocasión para reunirse con sus amigos coincidentes en afición.

Antes de salir, como era habitual, se agachó para saludar a su compañero, su amigo, su perro. Ese momento en el que se fijaban mutuamente la mirada y él le decía con un pequeño toque en la cabeza, “hasta después compañero, cuida nuestra casa mientras yo no estoy”. Y su fiel amigo, sin apartar la mirada, moviendo su cola alegre, parecía asentir.

Su trabajo estaba a unos kilómetros de su casa. Se sentía feliz, especial…esa sensación de libertad que le producía su montura no era comparable a nada. Pensaba en su cumpleaños y qué mejor regalo me he podido hacer, confabulaba con su mente.

De pronto, la rueda delantera le hizo un extraño…-puedo controlarlo, aceite, velocidad, mi cumpleaños, trabajo, llamar…- todo sucedió en unos segundos…como si de un experimentado acróbata se tratara, se encontró en el suelo, dando vueltas junto con su moto…no pasa nada, mi ropa protege, no hay coches, la moto…el guardarrailes…De pronto todo en silencio, había dejado de moverse, la moto sobre su pierna, tranquilidad…

Durante unos segundos su mente viajó a los entresijos de su pasado, las personas que conocía, su familia, su último viaje a Ciudad de México, sus hijos, el trabajo. -Debo llamar- , pensaba. No podía moverse. De pronto sintió el tacto de unas manos que le tocaban, que tiraban de él. No podía ver con claridad pero se aferró a esas manos que le ayudaban a salir de debajo de su máquina. Estaba aturdido por los golpes, pero sin dolor. Se sentía mareado y no podía ver bien a la persona que le ayudaba.

Por el tacto suave de sus manos, presumía que era una mujer. Miró hacia ella, pero sólo podía vislumbrar una preciosa sonrisa que le regalaba esta persona, como conciliadora, animándole. Esa sonrisa le relajaba porque en su interior le resultaba familiar. No podía hablar, nada podía oír. Sólo paz, tranquilidad, serenidad, sosiego, ausencia de dolor. Todo había pasado y en un susto había quedado. Ahora estaba a salvo de la mano de esta sonrisa.

Por más que lo intentaba, quería agradecerle la ayuda y transmitirle que todo estaba bien, pero no podía. Su salvadora, le animaba a apartarse del lugar del accidente. No se podía resistir. Comenzó a andar, aún aturdido por los golpes, pero sin ningún dolor. Qué bien se sentía de la mano de esta mujer. “¡Su sonrisa, la conozco!…

De repente recordó que debía llamar a su trabajo, debían saber que no iba a poder estar allí. Se paró y miró hacia donde su moto yacía.

Abrió los ojos, incrédulo, asustado, nervioso… ¿Quién era esa persona que estaba bajo su moto? Llevaba su casco, su chaqueta…recordaba que venía solo. ¿Quién podría ser? ¿Habría atropellado a alguien? Pero…volvió su mirada interrogante hacia la persona que seguía sosteniendo sus manos, ahora con más fuerza….aún sonreía, con una dulce mirada que le hacía sentir en paz…esa sonrisa…al instante, su mente voló hacia su juventud…era la sonrisa de su madre…viajó hasta el momento de su último encuentro. No pudo despedirse de ella antes de fallecer y eso le había atormentado toda su vida.

Ahora en el día de su cumpleaños, ella había venido a acompañarlo, a abrazarlo, a guiarlo para que no se sintiera solo…olvidó la moto, el accidente y se abrazó a ella. Sentía su olor, su pelo moreno, sus ojos negros…

Sin ruidos, ni miedos, ni dolor…de la mano de su madre consiguió el mejor regalo por su cumpleaños… ¡su perdón!

 

Para mi Madre que, desde donde está, sé que me cuida.

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