Vergüenza de ser humano

Normalmente suele esperar hasta que su despertador suena. Le cuesta trabajo levantarse. Pero hoy es distinto. Unos minutos antes de que tenga que sonar lo apaga. Esta mañana es distinta. Se siente relajado y contento, feliz. Piensa en los días que va a pasar con su novia en su pueblo. Un maravilloso lugar costero de Francia, Barfleur. Un lugar idílico a las orillas de la Mancha en Normandía. La conoció hace dos años en unas vacaciones que su empresa le había regalado y a las que siempre les estaría agradecido. Pequeñas casas de color gris, adornadas con el olor del mar y coloreadas por sus coquetos barcos de pesca, anclados a sus faldas.

Conoció a su novia una noche en la que paseaba tranquilamente. Ambos se sentían solos, nostálgicos, atrapados por el embargo de sus sentimientos, por el llanto de sus corazones, por la rabia e impotencia del amor huido y traicionado. Se encontraron y sus miradas, aún llorosas, secaron las penas que les embriagaban. Hablaron, rieron, pasearon y la luna como lucero testigo de su casual encuentro.

Sentado en el borde de su cama, dejaba que su imaginación volara una y otra vez hacia este momento. Las cosas no pasan por que sí, debe existir algo superior que nos conduce hacia un incierto destino, hacia un futuro desconocido, hacia ese lugar donde sólo nuestros sueños pueden adentrarse.

Hoy era el día que se volverían a encontrar después de cuatro meses, desde las pasadas navidades que ella vino a visitarlo a Bruselas. Y hoy, le tocaba a él devolverle el regalo de su presencia, de su encuentro.

Se vistió rápido, cogió su pequeña maleta y se montó en su coche. Que linda mañana, que lindos pensamientos y que lindos recuerdos. Durante el trayecto hacia el aeropuerto, Liam no paraba de pensar en su amor, en esta preciosa persona que el destino había tenido a bien regalarle para su felicidad.

Ella le estaría esperaría en el aeropuerto de Cherburgo. No podía contener la espera de correr hacia ella y fundirse en ese abrazo que sólo las almas necesitadas de amor se pueden entregar, unir sus labios sin decir palabra, sólo la mirada abrasadora de la separación de todo este tiempo, donde únicamente habían podido saborear la voz lejana y cálida de sus llamadas.

Aparcó su coche y se dirigió hacia la terminal de salida del aeropuerto. Eran las siete y media y su vuelo salía en una hora. Sólo un par de números en la esfera de un reloj, les separaba. Estaba emocionado, feliz, deseoso de llegar y de volver a contemplar los ojos verdes del ser que le había hecho regresar del infierno, del tormento de su pasado y traerlo de nuevo a la vida.

La terminal, como era habitual a esta hora, repleta de viajeros que iban y venían. Parejas, personas de negocios, padres con sus hijos, todo un conglomerado de personas, cada una con sus historias, con sus vidas, con sueños y con experiencias. Pero Liam se sentía el único ser del que brotaba la felicidad a raudales. Seguro que entre todas esas personas no había nadie que se dirigiera a algo tan placentero como el encuentro con su salvadora, con su amor, con su preciosa amada de ojos esperanza.

Mientras esperaba para hacer el check in de su equipaje, se fijó en ese movimiento frenético de personas, como una hilera de hormigas, con un desorden lógico, cada uno hacia su lugar y hacia su destino. Fijó su mirada en una niña pequeña que lloraba tras de él. Se le había caído su teddy, mientras que su madre hablaba por el móvil, Por el tono de su voz, parecía discutir con su interlocutor, se la veía nerviosa y enfadada. ¿Por qué la vida nos hacía pasar los amargos momentos de la ira, del enfado, del odio? Quizás esta persona se había ido de su casa hacia el aeropuerto sin despedirse de su marido, se imaginaba. ¿Por qué no pensaba que esa podía ser la última vez que tuvieran la oportunidad de hablar? No podía imaginar el remordimiento, la tristeza y el desconsuelo de no poder despedirte de tu ser amado.

Nunca caeré en este error. Jamás me iré sin despedirme de ella, jamás saldré de su lado sin una sonrisa o un beso. No podía imaginar lo que sería marcharse con el sentimiento de no haber podido arreglar esa discusión. Nada es tan importante como el bienestar de nuestro corazón y el de nuestra persona amada.

Eran casi las ocho. No podía contener los nervios, estaba deseando llegar ya hacia su dulce destino.

La pequeña que estaba detrás suya en la espera del check in, seguía llorando y su madre aún discutiendo. Se volvió a mirar a la pequeña y observó como señalaba con su pequeño dedo hacia su osito que estaba en el suelo, delante de su silla.

Se agachó para recogerlo y devolvérselo. Agachado se acercó a la pequeña y empezó a juguetear con su peluche delante de ella. Ella paró de llorar y una preciosa risita agradeció su atención.

Liam le tendió la mano para darle su osito y la pequeña lo cogió y se lo llevo a su hombro y le acurrucó su carita.

Iba a incorporarse cuando unos gritos le hicieron volver a la realidad. ¿Qué pasaba? ¿Qué estaban diciendo? ¿Por qué gritaban?

Se puso en pie y volvió su cabeza hacia los gritos, justo en el momento en el que una fuerte explosión tuvo lugar. Todo duró un segundo. La deflagración lo expulsó unos metros fuera de su lugar. No podía ver nada, no entendía nada. Recordó a la pequeña con su osito y sólo pudo ver a la madre que yacía en el suelo cubierta de sangre. La sillita tumbada en el suelo junto a él, pero la pequeña había desparecido bajo el techo que se había derrumbado.

No podía moverse y no entendía qué había pasado, qué había sucedido, qué estaba ocurriendo. Durante unos segundos intentó buscarle una explicación a este accidente. Cientos de personas corrían de un lado para otro, gritando, llorando, aterrorizadas. Cuando se estaba dando cuenta de lo que había pasado, volvió a oír otra enorme explosión.

Entonces lo entendió. Los gritos, la explosiones, las muertes…

Tumbado bajo una columna, sin poder moverse sintió la impotencia, la ira, el desconsuelo y la furia hacia unos seres que eran capaces de atentar contra una pequeña que lloraba por su juguete. ¿Dónde estará la pequeña? ¿Por qué ya no la oía llorar? Tengo que ir a buscarla, pensaba. Pero no podía moverse y al instante comprendió el por qué. Sus piernas…..Lentamente fue apagando su vida, sus ilusiones, sus sueños, su futuro…antes de cerrar los ojos, alcanzó con su mano temblorosa el osito de la pequeña….se aferró a él y lo acurrucó en su cuello….No me esperes amor….yo te esperaré….y murió.

En Francia, su amor oyó la noticia y un frío desgarrador heló su corazón. Sus ojos se llenaron de lágrimas y comprendió lo que había sucedido……Espérame amor.

Vidas rotas, sueños destrozados, ilusiones sesgadas de cuajo, familias destrozadas y desmembradas. ¿Cuánto dolor es capaz de infringir un ser humano para hacerse oír, para imponer sus convicciones, para……para qué? ¿Es que hay algún motivo plausible para esta matanza de seres humanos, para pisotear los derechos de las vidas ajenas, para aplastar los sueños de tantos y tantos inocentes ajenos a la demencia de unos pocos seres sin escrúpulos, ni sentimientos, ni corazón? ¿Es que estos abominables seres no tienen familias, ni hijos? Un perro callejero defenderá el hueso que ha encontrado y luchará pero sin llegar a la muerte de su agresor. Pero estamos hablando de animales, es decir de seres vivos y no de estas mentes inertes, muertos de sentimientos y desechos de corazón.

El único consuelo es que estos títeres del poder asesino jamás serán llevados a ningún paraíso, sino al más eterno y desgarrador infierno que pueda existir…

Como ser humano siento vergüenza de que estas alimañas alguna vez hayan pertenecido a mi raza.

En memoria de todas las víctimas de cualquier acto terrorista.

©Javier Gómez2018

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