Mi peor enemigo

De todos los elementos que pueden atacar mi persona y descuartizarla como haría una bomba arrojada a mis pies, de todas esas amenazas que pululan alrededor de mi persona, de todas esas armas ofensivas creadas para la destrucción total de la especie humana…de todas ellas, la que más daño puede provocar es la mentira y su aliada la desconfianza.

Podemos vivir con envidias, insidias, insultos, incluso podemos compartir nuestra vida diaria con la maldad propia de nuestra idiosincrasia maligna que nos hace creernos mejores que nuestros iguales. La vida, nuestra vida, está plagada de situaciones ideadas para nuestro propio malestar, para malograr cualquier empresa que queramos llevar a buen puerto.

El ser humano es un perro rabioso, babeando espumarajos de su propia bilis de insensatez y envidia. Es un animal creado bajo los cánones de la bondad y la libertad pero echado a su propia suerte impregnada de rencor, envidia y malicia.

Tenemos enemigos acérrimos que nos hacen la vida más llevadera, ya que sin ellos no podríamos saborear los suculentos placeres de la lealtad y la fidelidad. Pero de entre todos los enemigos que cosechamos y coleccionamos a lo largo de nuestra vida en comuna, el más astuto y peligroso es el que se esconde bajo el manto de la mentira, la falsedad y sus consecuencias más atroces, entre la que destaco la desconfianza.

Si entre dos personas prima la desconfianza, se ha abierto la veda para poder golpear con nuestras mejores armas la sensibilidad de nuestro oponente. La falsedad crea la muerte de la dignidad. La falsedad no es el antónimo de la verdad, sino el ángel caído de sus alas ante el rencor de vernos iguales que nuestros semejantes. Necesitamos la mentira para encubrir nuestros defectos, nuestras taras…necesitamos mentir para poder llegar a ser aceptados por una sociedad falsa e insustancial…necesitamos ser falsos para poder alcanzar el reino de la pureza social.

La vida se ha creado en torno a la mentira y por ella, la desconfianza se ha hecho reina y señora de nuestros días. Cuando desconfiamos de alguien, aúlla en nuestro interior un alarido de calor que nos quema las entrañas y nos hace débiles, y como solemos decir, ante nuestra debilidad, no hay mejor defensa que un buen ataque. Y eso es lo que hacemos, al desconfiar atacamos y atacamos con las únicas armas de las que somos especialistas, la mentira, la falsedad y la hipocresía.

Si nuestra sociedad no se basara en las relaciones humanas, el imperio de la mentira caería por su propio peso. Deja a dos recién nacidos aislados y sin contacto con el resto de la sociedad…al poco tiempo, la desconfianza habrá hecho mella en sus corazones y se habrán convertido, sin remisión alguna, en unos pobres humanos.

Gracias a la mentira, soy hoy un humano más en esta sociedad individualizada y desmembrada.

©Javier Gómez2018

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