La chica del espejo

“Que se ha de hacer, señor; así es la vida”, se repetía una y otra vez, y hasta la saciedad, como recurso para engañar a su maltrecha existencia, a su desconsolada experiencia en la vida que a su corta edad, ya se le antojaba caprichosa y cruel.

Cercana a los quince años, Noelia no encontraba una razón para estar alegre, para sonreír y mucho menos para querer vivir. Su día a día era una incesante lucha contra la sociedad, y lo que era aún peor, contra ella misma.

Escondido tras una sábana blanca, arrugada y llena de agujeros, se escondía el único espejo que había en su habitación. Era su única forma de no tener que enfrentarse al crudo reflejo de su apariencia, la única forma de vencer, al igual que un avestruz, a la mirada de su yo reflejado, de esa persona con anchas caderas, granos en la cara, piernas cortas y rollizas y unos brazos anchos.

Cuánto odiaba a esa joven que veía en el espejo, ¿por qué tenía que parecerse a ella?, ¿por qué el espejo no le daba la imagen que deseaba observar?, ¿por qué la chica del espejo la miraba tan seria y siempre con lágrimas en los ojos?

Es que acaso ella no era igual, con su mismo cuerpo…la veía llorar, pensaba, porque lo que ella podía ver a través de la reflejada realidad del espejo, no era de su agrado.

Estos eran sus pensamientos y sus luchas internas cada vez que se obligaba a mirar al otro lado del maldito cristal. Por eso, lo tenía casi siempre cubierto y escondido. Si no la veía a ella, ella tampoco podría verla y como repetía siempre su madre: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

Pero ella sabía que no, que su corazón seguía sufriendo, que sus sentimientos siempre la obligaban a llorar y que sus ojos, siempre apagados, sólo reflejaban la tenue luz que se atrevía a entrar por entre sus cortinas, siempre a medio cerrar.

Cada día más delgada, sin forma, sin fuerzas, sin alimentos ingeridos, sólo alguna chuchería que había oído que la haría adelgazar. Miraba sus manos huesudas, sus brazos con una fina lámina de piel sobre ellos, sus piernas con la única voluptuosidad de los huesos que asomaban tras su piel, ahora ya demacrada y sin vida.

Y sin embargo, una y otra vez, el espejo le transmitía la misma imagen de ella. Sólo veía pliegues en su piel, brazos enormes y una cara redonda y casi sin cuello…

¡Ay pobre chica, de quince años, que ves en el espejo el reflejo de tu mente y no la belleza de la realidad de tu vida! Pobre joven que usas el espejo como una fotografía fija y que no te das cuenta de la muerte que te rodea bajo tu piel.

Si sólo fueras capaz de ser tú, verías que la vida corría en un tiempo por ese cuerpo bello y saludable que un día recubría tu alma.

Ahora, con la sábana caída en el suelo, la chica del espejo yace inerte a sus pies. Se fue tu vida, tu juventud y tu alegría…

©Javier Gómez2018

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