¡Ahora, te cuido yo!

Consuelo, empatía, entendimiento, comprensión….nada condonará el abominable vacío de una pérdida tan terrible como la de un hijo. Es una ley que el universo, en su inmenso poder sobre el ser humano, debería conceder…nunca un padre debería ver partir a su hijo. Pero a veces no atiende nuestras peticiones y nos golpea con la fuerza de una andanada justo en nuestra débil línea de flotación. Sin pausa, nos hundimos, nos desgarramos por dentro y la vida deja de tener ese color de esperanza.

El silencio se apodera del progenitor, a su alrededor nada tiene sentido. Rodeado por las condolencias de los allegados, su mirada se eleva hacia el infinito pidiendo despertar de esa pesadilla macabra que el sueño del despierto le ha regalado. Su grito se eleva pidiendo una explicación que pueda acallar esa llamarada de dolor que le invade el alma. Sus ojos, ensangrentados en lágrimas de duelo, miran hacia la puerta suplicando que vuelva, que lo despierten y pueda al fin deshacer la congoja que le para la respiración.

No hay palabra, mirada o acto que pueda arrancar el dolor de la partida inesperada. Ofreces tu vida a cambio de su luz, tu aliento a cambio de su vuelta, tu aire a cambio de su sonrisa.

Cierra sus ojos y viaja por sus recuerdos. Acurruca su cabeza sobre sus rodillas y se olvida del mundo que le rodea y que incomprensiblemente sigue girando. Ahora su única aliada es su memoria, el único compañero, su recuerdo.

Revives ese momento en que te apretó tu mano, ese llanto que se apagaba al verte, ese abrazo que le hacía sentirse el ser más protegido y fuerte del universo, esa sonrisa que te regalaba al ir haciéndose mayor y que te desmantelaba cualquier acusación en su contra, ese papi, ¿sabes cómo es esto? Y como te inventabas algo para parecer el ser más inteligente y fuerte ante sus ojos.

No pierdas la esperanza de ese día en el que os volveréis a encontrar y será ella la que te tenderá la mano para enseñarte a caminar hacia la eternidad. Juntos volveréis a ser padre e hija.

No es un adiós, ni una despedida triste, sino un hasta luego. Espérame como yo te esperaba esas eternas noches a que te durmieras, coge mi alma y acurrúcala como yo hacía para que te tranquilizaras, ábreme tus ojos para que su brillo me haga no temer a la oscuridad y muéstrame tu preciosa sonrisa para que mi corazón se relaje.

Mira al cielo y verás como juega con las nubes, cierra los ojos y siente el frescor del aire como su caricia, toca la hierba y siente su tacto angelical. Despierta cada día sabiendo que la vida no es más que la senda que te llevará a ese parque donde ella jugará eternamente.

Descansa en paz del sufrimiento porque ella se ha adelantado para prepararte la entrada a vuestra eternidad

©Javier Gómez2018

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