Dicen que la única forma de dejar de sentir es olvidando, pero ¿Cómo me olvido de mí misma? Desde que te fuiste, soy náufraga en el barco de papel que creaste con tus labios, y ya no sé si gritar auxilio o dejarme hundir. Quizá la vida manda más que las olas del mar, indicando nuevas direcciones que tomar sin desvelar qué camino lleva de vuelta a la civilización, o cuál de ellos es el suicida. Tan suicida como la saliva que recorría tu cuerpo cada noche antes de que empezaras a reír. Cómo me duele recordar tu risa sin una dosis de anestesia. Puede que ese sea el precio a pagar por todo esto, por permitirme perderte. Puede que mi condena sea pasar a ser dependiente de tu risa y tu mirada de por vida, necesitando cada día una nueva forma de respirar de cada gesto que llevas a cabo, necesitando el agua que refrescaba mi vida. Cada mañana sigo despertando deseando volver a ver el sol, sin darme cuenta que te llevaste el verano contigo cuando te marchaste. No hay verso en mi vida que no lleve tu nombre, al igual que no hay segundo que no desee tu regreso. Hoy he decidido escribirte esto porque es la única forma en la que me siento a tu lado, volviendo a esos días en los que escuchábamos a Andrés y leíamos a Neruda, siendo felices por encima de cualquier catástrofe mundial que sucediera. No me queda otra cosa que pedirte que vuelvas, suplicándote perdón por los errores del pasado. Prometo no dejarte volver a ser nunca un pájaro atrapado en la nieve, amor mío. Vuela, pero siempre a mi lado.

M.G.(ALUMNA 4º ESO)